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Adolescencia y vínculo verdadero

La adolescencia es una etapa que suele vivirse —y muchas veces temerse— como una fase caótica, desafiante, incluso dolorosa.

Pero, ¿y si en lugar de verla como un problema, la miráramos como una extraordinaria oportunidad de transformación emocional?


Desde la perspectiva de la Biografía Humana, Laura Gutman nos ofrece una comprensión poderosa y luminosa: la adolescencia es un segundo nacimiento emocional. Si el primero fue físico, este segundo tiene que ver con la construcción de una identidad propia y autónoma. Un nacimiento que no sucede sin tensión, pero que puede vivirse de forma profundamente sanadora si los adultos que acompañamos lo hacemos desde la consciencia.


El proceso de separación emocional: un impulso necesario.


Desde que nacen, nuestros hijos habitan en nuestro campo emocional. Absorben nuestras palabras, nuestras emociones, nuestras historias no dichas.


En la infancia, dependen emocionalmente de nosotros. Pero llega un momento —la adolescencia— en que algo dentro de ellos necesita separarse.


Esa fuerza que los impulsa a encerrarse, a confrontar, a marcar distancia, no es un ataque. Es una necesidad vital. El adolescente necesita retirarse del campo emocional de sus padres para poder construir su identidad emocional propia.


El conflicto aparece cuando los adultos no comprendemos este proceso y lo vivimos como amenaza o rechazo. Desde nuestras propias heridas no resueltas, muchas veces buscamos retener emocionalmente al hijo, impidiendo su diferenciación.


¿Qué pasa cuando no hemos sanado nuestra infancia?


Como adultos, llevamos una historia emocional no siempre vista ni integrada. Heridas de nuestra infancia que, si no las hemos trabajado, se activan con fuerza cuando nuestros hijos comienzan a separarse.


Cuando el adolescente se encierra en su cuarto, cuando responde con distancia, cuando reclama autonomía, muchas veces no lo soportamos. Y sin darnos cuenta, proyectamos nuestro dolor no resuelto: gritamos, controlamos, exigimos… sin advertir que estamos reaccionando a nuestras propias memorias emocionales.


Laura Gutman lo dice con claridad: “Si fueron niños amados y acompañados, la adolescencia transcurriría con alegría. Pero si han sufrido abandono emocional… la confrontación será feroz.”

Así, el verdadero trabajo de la crianza adolescente no es sobre ellos, sino sobre nosotros.


El rol del adulto: sanar para no proyectar.


No podemos acompañar con presencia lo que no hemos podido mirar en nosotros mismos. Por eso, el desafío más grande para los padres de adolescentes no es imponer límites, dar charlas o controlar conductas. Es indagar en nuestro propio escenario infantil. Preguntarnos:


  • ¿Qué me duele tanto cuando mi hijo me ignora?

  • ¿Qué herida se activa cuando me desafía?

  • ¿De qué tengo miedo realmente cuando quiere volar solo?

Sanar no es evitar el conflicto. Sanar es dejar de vivir desde versiones antiguas de nosotros mismos. Es ofrecer a nuestros hijos un campo emocional maduro, disponible, empático… no perfecto, pero sí humano y consciente.


¿Qué necesita un adolescente para construir un vínculo verdadero?


Necesita un adulto que no lo invada, que lo respete, que se cuestione. Un adulto capaz de decir “perdón”, de reconocer que está aprendiendo, de mirar hacia adentro antes de señalar hacia afuera.


Necesita también otros adultos confiables: tíos, padrinos, terapeutas, maestros, vecinos. Referentes emocionales fuera de la familia que amplíen el campo de contención sin cargar con la historia emocional parental.

Y, sobre todo, necesita tiempo, silencio, mirada. No tanto reglas como presencia emocional.


Conclusión: crecer juntos.


El adolescente no está en crisis. Está naciendo emocionalmente. Está separándose para ser él mismo.

Si queremos sostener el vínculo verdadero con ellos, no podemos hacerlo desde el control, ni desde el miedo. Solo podemos hacerlo desde un lugar de humildad emocional, desde el coraje de mirarnos y de sanarnos.


Porque al final, el trabajo más importante no es el que hacemos sobre nuestros hijos, sino sobre nosotros mismos. Y cada paso que damos hacia la consciencia, es un paso que los libera a ellos para ser quienes vinieron a ser.




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