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Amar al hijo que tengo, no al que quisiera tener



Cuando un hijo llega a nuestra vida, lo recibimos no solo con brazos abiertos, sino también con un cúmulo de expectativas. Imaginamos cómo será, cómo se comportará, cómo brillará en el mundo. Ese hijo ideal es dócil, alegre, agradecido, exitoso. Es, muchas veces, el reflejo de lo que hubiéramos querido ser o de lo que la sociedad nos exige mostrar.


Pero en la vida real, el niño frente a nosotros rara vez coincide con esa fantasía. Y ahí aparece el dolor. No porque el niño esté fallando, sino porque nuestras expectativas chocan con la realidad. Lo que realmente nos duele no es su forma de ser, sino la frustración de ver que no encarna al hijo imaginado.


Laura Gutman lo explica con claridad: cuando amamos más al hijo que quisiéramos tener que al que tenemos, el niño real queda relegado. Y lo usamos —sin darnos cuenta— como proyección de nuestras propias carencias. Aquello que no recibimos de nuestros padres, lo pedimos a nuestros hijos; lo que no pudimos lograr, se lo exigimos a ellos. El hijo se convierte en un escenario donde nuestro niño interior busca reparación.


Desde la crianza consciente, el giro es radical. Los hijos no son extensiones de nuestra identidad ni proyectos a moldear. Son seres completos, que vienen a desplegarse en autenticidad. Y cuando no cumplen nuestras expectativas, en lugar de verlo como un fracaso, podemos verlo como un espejo: nos muestran dónde aún cargamos heridas no resueltas, dónde seguimos atrapados en el “deber ser” que nos impusieron.


La neurociencia nos ayuda a comprender el impacto real de esto en el cerebro infantil. Un niño que percibe que solo es amado cuando cumple con las expectativas vive en alerta. Su sistema nervioso se activa, y en vez de desarrollarse con confianza, se adapta: reprime emociones, complace en exceso o se rebela. Lo que pierde es su espontaneidad. Lo que gana es un disfraz que lo desconecta de sí mismo. En cambio, cuando se siente visto y aceptado tal como es, su cerebro integra experiencias, fortalece la autoestima y aprende desde la seguridad.


Quizás el mayor acto de amor que un padre o una madre pueda ofrecer es rendirse ante la realidad del hijo que tiene. Soltar la fantasía, dejar ir al hijo idealizado y abrirse a la belleza de la imperfección del hijo real. Escuchar más allá de la conducta, validar su ser más que su hacer, permitir que sea diferente a lo que imaginamos. Porque la diferencia no es amenaza: es vida desplegándose en su forma única.


Al final, amar al hijo real es también una manera de amarnos a nosotros mismos. Es reconocer que no necesitamos que otro repare lo que nos faltó, que podemos hacernos cargo de nuestra herida y elegir ver al hijo con ojos nuevos. En esa renuncia a las expectativas, descubrimos la oportunidad de sanar y, a la vez, de ofrecer un amor libre, verdadero e incondicional.


El mayor regalo que podemos darle a un hijo es verlo y amarlo tal como es, no como hubiéramos querido que fuera.


Sobre mí

Mi nombre es Marisol. Acompaño procesos de transformación emocional desde la mirada de la Biografía Humana. Trabajo con madres, padres y adultos que desean criar desde el amor consciente y sanar las heridas que cargan desde su propia infancia.

 

Te invito a seguir explorando. En mi web y redes encontrarás más recursos, inspiración y acompañamiento para tu camino consciente.



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